#Cuando algo es más de lo que parece

2018Imagino que estaréis de acuerdo conmigo en que muchas veces cosas sencillas, gestos pequeños, son en realidad mucho más de lo que a primera vista pudieran parecer.  Dentro de la cotidianidad de los días, algo puede convertirse en extraordinario sin perder un ápice de su sencillez, e incluso, desvelarnos emociones ocultas para el resto.

Un signo “+”, por ejemplo, puede significar taaaanto si aparece dibujado dentro de un test de embarazo… La risa espontánea de papá en medio de una bronca a su prole, rompiendo el momento de tensión y suavizando el gesto de los más pequeños. El guiño cómplice del amigo divisado desde lo alto de la vitrina donde uno está hablando para mucha gente, que serena y da fuerza. Una carta remitida desde la Dirección General de Tráfico, que al ser palpada tranquiliza a su receptor, reconociendo su renovado carnet de conducir en su interior y no la temida multa que todos sospecháramos. Ese cartel de “cerrado” con el que tantas veces nos hemos topado en la tienda de barrio de toda la vida y cuya preciosa caligrafía nos confirmaba que nuestra carrera in extremis había sido en vano, convertido ahora en un poderoso mensaje de aliento para ese emprendedor, que sonríe al colocarlo de nuevo en modo “abierto”, abanderando unos cristales mal pintados de blanco que ocultan un almacén todavía vacío, pero lleno de posibilidades. toallasEl objeto regalado por quien ya nos dejó, aquel que hizo con sus propias manos, y que al verlo te lleva a sentirle todavía aquí y echarle mucho de menos. Un golpe de viento en la cara cuando una está llorando y sale a la calle para calmarse: esa bocanada de aire fresco puede consolarnos, si somos capaces de leer en ella que la pena se irá volando, aunque necesitemos un poco más de tiempo para comprobarlo.

¿El acento está en las cosas que observamos, en los detalles que nos son entregados? ¿O acaso, en la interpretación que le otorga el que contempla, el que recibe? Porque parece que la esencia de las cosas no varía, sino que es más bien nuestra intención, la que le concede más valor a aquello que es mirado y acogido. 

En el caso de los gestos humanos que se entregan desinteresadamente, la complicidad parece ser la clave que los engrandece, y estar atentos, la tarea a realizar para que no nos pasen desapercibidos y sepamos reconocer en ellos el delicado regalo que suponen. En cuanto a los objetos… yo creo que se trata fundamentalmente del secreto que a veces esconden.

Mirad esto, por ejemplo:

nespresso

He aquí, a simple vista, ¡un fantástico kid para preparar desayunos increibles! Mi padre me mandó la foto hará un mes, cuando le llegaron a casa.

Te lo han enviado desde un sindicato – me decía.

Y esos no regalan nada – apuntaba mi madre.

Apenas un par de días antes desde la Central Sindical e Independiente de Funcionarios de Madrid, se habían puesto en contacto conmigo para hacerme saber que me correspondían, y que sólo tenía que facilitarles la dirección a la que quería que fuesen entregados.

Los he ganado en un concurso mamá – le explicaba divertida. – Se presentaron 167 cuentos cortos y fue el mío el que más gustó.

Vaya, ¡enhorabuena! – me felicitaron. – Un concurso… ¿pero de allí o de aquí? ¿Lo has escrito en inglés? ¿Cómo no nos habías dicho nada?

Cartel II Concurso 2017 web¡Y qué iba a decir yo! ¿Qué me había visto obligada a escribirlo a tenor de los acontecimientos? ¿Qué el concurso era en Madrid, pero que había resultado ser mi primer relato en inglés? Había toda una historia detrás de esa historia, si cabe más larga que las diez líneas que no podía exceder en mi cuento, si quería participar en la Segunda Edición del Concurso de Microrrelatos del CISF.

¿Y cómo te enteraste de la convocatoria? – continuaba interpelando mi madre – ¿Y dónde podemos verlo?, porque tus hermanas dicen que ya lo han leído.

– Ok, mamá – dije para frenar el aluvión de preguntas – ahora te envío la nota de prensa.

En ella encontró mi madre casi todas las respuestas a sus dudas y yo aproveché para reenviárla también, a modo de agradecimiento, a la persona que había colgado la información del concurso en el grupo de WhatsApp que tengo con los antiguos compañeros del instituto.

shortstoryAsí había sido: el hecho de poder renovar tostadora y cafetera había surgido por una coincidencia de esas en las que no creo. El mensaje con las bases del certamen me llegó el mismo día en que, en mis clases de inglés, la propuesta de homework de la teacher había sido plantearnos el reto de escribir una historia de 50 palabras, ¡ni una más ni una menos! Nuestro libro de texto hablaba de la existencia de un sitio en Internet llamado 50-Word Stories, donde la gente publica montones de pequeños relatos que cumplen con ese lema; y la profesora nos consideraba preparados para hacer nuestra aportación a la causa, o al menos, para intentarlo aunque solo fuésemos a mostrarlos en el aula. Lo que os decía, pura coincidencia. Y como yo pienso que las cosas pasan por algo… pues llegué a la única conclusión posible desde mi peculiar lógica vital: si llega por varias vías el mismo mensaje, ESCRIBE.

Me propuse el objetivo de concebir mi primer cuento en inglés y que pudiese presentarlo al concurso. La tarea no pintaba fácil. Tenía claro que el relato debía terminar, nada de dejar algo abierto; pero en 10 líneas o 50 palabras ¿podría hacerse? Además había que incluir las palabras “desayuno” y “trabajador/a”, lo que complicaba aún más las cosas. Empecé a escribir, situando la historia en el breakfast time y entonces tuve una idea que me hizo sonreír. ¡Ya tenía la vuelta de tuerca! Con el principio y el final del relato claramente definidos en mi cabeza, solo faltaba acompañarlo todo de un léxico que enriqueciera la trama (si podía llamarse así), y eso era más fácil hacerlo en castellano.

Pensando en español y amparada por la ¿colaboración? de un traductor online, terminé de redactarlo prácticamente a la hora en que las niñas salían del colegio. De allí pusimos rumbo a la extraescolar de tenis, donde coincido con varias madres y una babysitter para tomar el té mientras esperamos. Aproveché para preguntarles por algún término empleado, ya que no estaba segura de que google me hubiera servido de gran ayuda y, sinceramente, no podía esperar a la corrección de Lauren. También, dicho sea de paso, quería mostrarlo ya, ¡estaba entusiasmada, me gustaba como estaba quedando! Les miré muy atenta mientras lo leían, y esperé impaciente ver aparecer la sonrisa que pretendía lograr al final. Y gustó. Y todas sonrieron.

poesíaAl día siguiente presenté el papel emborronado a la teacher, le avisé que me había excedido de las cincuenta palabras, pero que la actividad me había motivado muchísimo. Agradeció el cumplido. Después, nos puso a discutir en pequeños grupos sobre algún tema relacionado con el vocabulario que estábamos tratando, y se concentró en corregir los textos que le habíamos entregado. De vez en cuando se reía. Los compañeros habían basado sus short stories en anécdotas simpáticas que les habían sucedido en el pasado y estaba disfrutando de conocerlas en ese momento. Iba preguntando a la gente si eso les había sucedido de verdad y después volvía a sus papeles. Cuando nos los devolvió pude ver como me había sugerido eliminar alguna palabra o sustituir una expresión por un solo vocablo.

64 words, Ruth… but it’s a good story – aseveró.

I think so – le respondí. – Thank you.

Esa misma noche lo terminé en español. Sin el acotamiento del número de palabras a emplear, me resultó fácil; y añadir el término obligatorio que faltaba, surgió espontáneamente de una manera muy natural.

Diez lineas justas. Y el título… – pensaba en voz alta – ¡pues lo dejamos en inglés!, en honor a los deberes que gestaron la narración.

Lo releí por última vez y el enemigo que todos llevamos dentro lo encontró “simple y resultón”. ¡A la mierda!, me dije, y para no dar más vueltas al asunto, lo envié por correo electrónico antes de acostarme. Sinceramente, no creí que fuera a ganar, pero sí recuerdo pensar que iba a gustar mucho.

Y me olvidé del tema. Y los días fueron pasando y nos situaron en diciembre. El frío se instaló en Aberdeen y unas nevadas increíbles adornaron la ciudad. No se hablaba de otro tema: las mamás autóctonas nos interrogaban a las mamás españolas sobre cómo es el clima en invierno en Madrid y si nos gustaba la nieve; y la babysitter, cayendo en la cuenta, me peguntó por el concurso aquel del que le había hablado y por mi cuento de la mosca. Nada sabía del tema, pero recordé entonces que no era la primera vez que este animal era protagonista de uno de mis escritos. Con antelación, ya había inventado un cuento corto en otra entrada de este blog, aunque entonces el insecto no había salido muy bien parado.

Y quiso la casualidad de nuevo, que apenas un día después de que me interpelaran sobre ello, recibiera un e-mail para informarme que estaban tratando de contactar sin éxito conmigo por ser la ganadora del concurso de microrrelatos. ¡Toma ya! Al parecer, mi segunda mosca había volado… y esta vez muy lejos.

Les llamé, conversamos y agradecí este tipo de iniciativas que dan alas a la imaginación. Luego, pedí que enviaran el premio a casa de mis progenitores, donde había comenzado mi afición por la escritura allá en mi época estudiantil.

– ¿Y cómo te vas a llevar todo esto a Escocia? – apuntó mi madre, que parecía leerme el pensamiento. Ella continuaba con su interrogatorio.

La respuesta, como siempre, en la vida misma: mi hermana pequeña se mudaba con el año nuevo a un piso más grande, ahora que su familia había crecido. No tenía cafetera y al parecer, su tostadora en señal de protesta por el traslado, había comenzado a quemar el pan en vez de dorarlo. A mi me apetecía hacerle un regalo para desearles buena suerte en el nuevo hogar… así que blanco y en botella. Por supuesto, ella en un principio no quería aceptarlo:

Es tu premio, ¿cómo vamos a disfrutarlo nosotros? – argumentaba.

Mas decía El Principito que “lo esencial es invisible a los ojos” y no sé cuantas cosas más sobre su rosa, mientras hablaba con un zorro. Y entonces lo sencillo adquirió trascendencia y los objetos nos hablaron, cobrando de nuevo una importancia mayor de la que aparentaban. ¿Alguno de vosotros reparó en el bolígrafo, el guarda-lápices o el cargador de móvil que hay apoyados sobre la tostadora en la fotografía? Porque también formaban parte del premio. Yo tampoco lo hice, hasta que regresé a casa por Navidad y mi hermana mediana me lo entregó para guardarlo en la maleta. ¿¡Qué más necesitaba yo para atesorar mi mérito!?, quizá ni siquiera eso era necesario.

principito 2

Todo el que haya pasado por el estresante y a la vez sanador ejercicio de hacer una mudanza sabe muy bien que, aunque haga por no apegarse a lo material, a veces cuesta despojarse de cosas que significan mucho más que el simple objeto que suponen ser.  ¿Quién dijo que no tienen vida? Porque la tienen, ¡caramba si la tienen! No sé si se le puede llamar vida, pero desde luego nuestra subjetiva tasación nos hace ver en ellas más de lo que aparentan. Nuestras cosas, por el mero hecho de serlo (de haberlas domesticado, como también decía Antoine de Saint-Exupéry), esconden un pedazo de nuestra esencia otorgada así porque sí. Tomamos el objeto como recuerdo de un momento y adquiere connotaciones tan especiales, que nos dificultan deshacernos de él cuando ya no es necesario. Incluso cuando nunca lo fue. Supongo que todo se debe a un intento de retener el tiempo, ese instante, para evitar que se aleje de nosotros lo que vivimos/sentimos/soñamos en aquel ahora, tan lejano hoy.

Sin embargo, resulta muy gratificante eso de amontonar las cosas, revisarlas y recordar su historia (que es la nuestra propia, al fin y al cabo) para luego dejarlas ir. Al cambiar de hogar estamos a la vez mudando de piel, empezando nuevos proyectos y convirtiéndonos en una nueva versión de nosotros mismos, y para ello toca también decir adiós a nuestro pasado. Desprendernos de las cosas es una fantástica manera de hacer consiente ese cambio emocional y nos permite generar espacios para que puedan llegar cosas nuevas, experiencias nuevas, emociones nuevas a atesorar hasta la próxima permuta.

Metafóricamente hablando, yo tengo la sensación de andar de mudanza cada año por Navidades. En la noche de fin de año suelo anotar en un pequeño trozo de papel mis deseos para hacer realidad en los siguientes 365 días. Este año no lo hice hasta el día 2 de enero, cuando encontré por casualidad en un bolsillo de la chaqueta que no acostumbro a lucir, mi lista para el 2017 y me topé entre sus lineas con esto: “escribir cuentos realmente buenos”. El momento me hizo inmensamente feliz y llegué a la conclusión de que no necesito ningún objeto que me recuerde lo que voy logrando. Aún así, de escoger algo, me decanto por una imagen, que siempre han dicho que valen más que mil palabras.

Preferí, en vez acumular objetos, compartir la foto en mi cuenta de Instagram y etiquetarla con el  hashtag que da título a mi entrada de hoy. Y en esa aplicación, junto a mis fotografías y las que cada día puntualmente me llegan del artista Tanaka Tatsuya* (un japonés cuyo trabajo sigo con admiración: utilizando objetos cotidianos y mucha imaginación, crea cada día escenas que luego fotografía para confeccionar su particular MINIATURE CALENDAR), queda escondida la imagen de mi humilde premio, pasando desapercibida y ocultando más de lo que aparenta: una palmada en el hombro que me anima a seguir cargando con mi portatil por la ciudad, y hacer de cualquier cafetería, un rinconcito perfecto para seguir escribiendo.

cafe2

*La imagen inicial del post es obra de Tanaka Tatsuya, todo un descubrimiento que me hizo mi amiga Te y que ejemplifica muy bien la idea que hoy quería transmitir yo en estas líneas. No dejéis pasar más tiempo sin conocer las cosas que concibe este tipo, no os arrepentiréis.

 

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2 respuestas a “#Cuando algo es más de lo que parece

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